Historia de Gabriela

INDICE DE MI TESTIMONIO

  1. Introducción
  2. Comienzos de la enfermedad
  3. Agravamiento del cuadro
  4. Mejoría
  5. ¿Cuándo y por qué la Medicina dejó de lado a los nutrientes?
  6. Reflexión

 

  1. INTRODUCCIÓN

Después de años con mala salud, que culminaron en una etapa aguda de postración y dolorosas crisis, mejoré en el transcurso de un mes al empezar a tomar magnesio,  agregado a las vitaminas que tomaba antes, que por sí mismas no habían bastado para mejorarme.

 

  1. COMIENZOS DE LA ENFERMEDAD

Nací en 1960 en Mendoza, Argentina, donde siempre he vivido. Me llamo Gabriela Paoletti, soy ingeniera, y me dediqué a la docencia.

Durante la década del 90 empecé a enfermarme de lo que yo pensaba que eran “gripes”. Me costaba mucho justificarlas cuando venía el médico laboral, ya que nunca tenía fiebre. Lograba demostrar que estaba enferma gracias a mi garganta inflamada, porque mi cara de profundo malestar y decaimiento no le bastaba. Pasaba una semana en cama, con el tiempo llegué a estar dos o tres semanas, hasta un mes.

Había notado que mis “gripes” se producían luego de una etapa de mucho esfuerzo laboral, o de mucho stress, o de desórdenes alimentarios pequeños, que se iban sumando, ya que desde los veinte años era muy delicada para digerir.

Mis menstruaciones siempre eran un problema, por el síndrome premenstrual y la dismenorrea.

 

  1. AGRAVAMIENTO DEL CUADRO

En el 2.002 esas “gripes” se volvieron más frecuentes y largas. Sin embargo entre ellas, tenía mucha energía y muy intensa actividad laboral. Las menstruaciones se pusieron cada vez peor, sobre todo en duración, eran muy dolorosas y el decaimiento tan extremo que me tiraba a la cama hasta seis días, variando según el ciclo, en el mejor de los casos estaba en cama sólo tres días.  Muchas veces estaba en cama antes de que bajara, pero recién en ese momento comenzaban los dolores. Posteriormente tuve que llamar al servicio de emergencia por un dolor intensísimo en el abdomen, la doctora que me vio me dijo que era un cólico intestinal. Comprendí entonces que el insoportable dolor de mis menstruaciones se debía precisamente a cólicos, que me arrancaban lágrimas.

 

Mis intestinos se inflamaban muy seguido, cada vez debía restringir más la dieta.

Muchos remedios me provocaban alergia, por ejemplo sulfamida, paracetamol, gotas para la nariz y en general remedios para el resfrío. No sé si en este momento ocurriría.

Sufría candidiasis vaginal con bastante frecuencia. Tuve una fuerte infección urinaria en el 2003, que avanzó hasta una pielonefritis (atacó los riñones). Estuve un mes en cama, terriblemente débil. Cuando mejoré, tiempo después empecé a sufrir vértigos posicionales, que coincidieron con un extraño cuadro: al cerrar los ojos y pararme firme, perdía el equilibrio (me iba hacia un costado, distinto cada vez). Fue una etapa de intenso stress, aunque mucha energía.

Durante el 2004 y 2005 el stress se acentuó cada vez más. Caía en cama todos los fines de semana completos, además de lo que yo creía que eran “gripes” cada vez con mayor frecuencia y duración.

En enero del 2006 estuve en cama diez días de los veinte que estuve de veraneo. Los días que podía salir, siempre relativamente cerca, llevaba una silla plegable porque no aguantaba estar parada. Despertaba con náuseas todas las mañanas (desde el 2003). Además, cualquier pequeño desarreglo alimentario me las provocaba.

Ese año me la pasé en cama. Tuve que asistir a clases en una oportunidad con una reposera, la última materia de la carrera no pude rendirla porque sólo pude cursar una clase. Afortunadamente la materia más larga de ese semestre, se me dio por aprobada como equivalencia por haberla aprobado en otra carrera.

Un médico inmunólogo me vio en diciembre del 2005 y descartó FM porque tocó los puntos de control y no sentí dolor. Descubrió en los análisis que tenía déficit de B12, por lo que me recetó un complejo B rico en esa vitamina. Me levantó un poco durante un tiempo. Cuando durante mi veraneo volví a empeorar, lo tomé nuevamente, pero ya no se notó su efecto.

Tomaba desde mi último embarazo ácido fólico (B9) para prevenir malformaciones. Había decidido seguir tomándolo durante toda mi etapa fértil, previendo un embarazo no planificado. Después me enteré que si se toma una sola de las vitaminas B, puede producirse un déficit en otra, por lo cual lo aconsejable es tomar un complejo.

El inmunólogo me derivó a un médico clínico. Fui a verlo en marzo. Perdía los turnos en muchas oportunidades por no poder levantarme el día que me tocaba la consulta. El clínico me diagnosticó FM, porque apretó los puntos y no sólo los tocó. Después leí en varios lados que deben apretarse con 4 kgf, “hasta que el pulgar se ponga blanco”. Al fin tuve un certificado médico para poder justificar mis faltas al trabajo o estudio, porque... ¿cómo explicarles que no podía levantarme? Me propuso además averiguar en Internet... un excelente consejo. Me recetó Sertralina, un inhibidor de la recaptación de la serotonina, que a diferencia de la fluoxetina NO produce ansiedad. Me empeoró el insomnio, pero me levantó el ánimo, a pesar de tomar sólo 25 mg, siendo la dosis 50 mg para que actúe como antidepresivo. Volví después y me recetó clonazepan para dormir mejor, pero después lo dejé porque me tiró más abajo aún. Me propuso ir a un neurólogo, para investigar la posibilidad de una enfermedad neuromuscular.

Le dije al neurólogo que quería tomar un complejo B, para prevenir las malformaciones, y a la vez el déficit de B12. Me recetó un complejo que tiene B12 (0,4 mg), B9 (2,5 mg) y afortunadamente... (por casualidad, ya que me interesaban sólo las otras dos) también tiene B6 (25 mg), lo que posteriormente ayudó a mi recuperación, debido a que si existe deficiencia de B6, el magnesio no puede entrar a las células y actuar.

Tardé mucho en hacerme los análisis que me indicó el neurólogo, por no encontrar el momento adecuado para ir a extraerme sangre. Debía compararse mi sangre un día que estuviera mal y otro que estuviera bien, y los poquísimos días que estaba bien siempre le daba prioridad a cumplir con mi trabajo y estudio. Estaban en la cuerda floja debido a mi situación, y no quería arriesgarme a perderlos por faltar.

Cuando el neurólogo descartó esas enfermedades, me derivó a otro inmunólogo, ya que el factor reumatoideo había dado positivo. Como el inmunólogo al que me aconsejó ir daba turnos muy distantes en el tiempo, por querer ahorrar tiempo fui a un reumatólogo. Este descartó la FM, porque nuevamente sólo me tocó los puntos, sin apretarlos. Propuso que mi problema era depresión. Le dije que no, ya que me la pasaba haciendo cosas en la cama (estudiando, corrigiendo, etc), estaba llena de planes, y los días que me sentía bien y podía salir, me reía mucho disfrutando al máximo esa oportunidad. Entonces dijo que podía tener un transtorno bipolar... a esa altura desconfiaba cada vez más de él... ¿así que estaba mal de la cabeza, por estar triste cuando me sentía mal y contenta cuando me sentía bien? Pretendió medicarme para eso, pero le pregunté con tal insistencia sobre los efectos secundarios, que no se animó. Cuando le dije que había errado en el diagnóstico porque sólo me había tocado los puntos sin apretarlos, que la intensidad del dolor de dichos puntos varía con el ciclo menstrual, que un día que estaba muy mal mi marido simplemente me los tocó y me dolieron mucho (en cambio durante su consulta me sentía bien... y por eso pude ir) y le pregunté por qué entonces tenía parestesias, intolerancia ortostática, problemas intestinales y menstruales, intolerancia a los ruidos, rigidez matutina, etc. , lo pensó y me dijo que tal vez “a veces” tenía FM. Le molestó que supiera tanto del tema, y me dijo que el hecho de que me la pasara averiguando en Internet, indicaba que tenía un transtorno obsesivo compulsivo... para el que también intentó medicarme. Ante la insistencia de mis preguntas, no se animó y me recetó Tramadol. Lo compré, es caro. Al leer el prospecto me enteré que es cancerígeno en animales, y por lo tanto NO es seguro en humanos. Lo confirmé después en Internet, en una publicación destinada a médicos. Por supuesto que nunca lo tomé. También me derivó al mismo inmunólogo, sospechando una artritis reumatoidea debido al factor reumatoideo positivo.

Como consecuencia de un esfuerzo físico, stress, menstruación o desarreglo alimentario, tenía unas crisis terribles. Como el dolor era generalizado, me costaba identificarlo como “dolor” (acostumbrada a llamar así a dolores locales). Decía que ese día había amanecido “destruída”, no encontraba palabras para explicar lo que me pasaba. La espalda, en toda su extensión, era lo más afectado. Pero el malestar general era indescriptible. Había días en que estaba como “pegada a la cama”, sólo podía estar “horizontal”. Me dolía toda la superficie de contacto de mi piel contra el colchón. Si me ponía boca abajo era peor, me costaba respirar, tenía palpitaciones. En general mi presión sanguínea era muy baja, con sólo dos puntos de diferencia, pero en general NO empeoraba durante esos cuadros. Cuando hacía el esfuerzo de sentarme ante la PC  (junto a mi cama) me dolía más intensamente la superficie de contacto con la silla. Si me paraba, el dolor en la planta de los pies era insoportable. O sea, la posición horizontal era la menos dolorosa, al estar mi peso repartido en una mayor superficie. Además, era la preferible por mi extrema debilidad.

Estuve averiguando en esa época en Internet sobre Parkinson, porque los peores días me temblaban las manos. También porque debido a la rigidez matutina me levantaba con mucho esfuerzo todas las mañanas, caminando como un australopithecus. Tardaba una media hora en lograr estirarme. Podía hacerlo antes, pero me dolían mucho todas las articulaciones, por lo cual esa posición me aliviaba.

Los días en que estaba mal, caminaba así todo el día. Además, si cerraba los ojos parada firme, me iba hacia cualquier lado perdiendo el equilibrio, al igual que cuando tuve vértigos durante el 2003. Los peores días, eso me ocurría aún con los ojos abiertos.

Más de una vez me quedé acostada a oscuras durante varias horas, aunque despierta, sin poder hacer nada. En una oportunidad me sentía TAN exhausta, que preferí aguantar el hambre con tal de no masticar, y no cené.

Lo único que me aliviaba durante las crisis era el secador de pelo sobre la espalda, masajes que me hacía mi marido, una ducha caliente, y si además me lavaba el pelo, mi mente se despejaba de la niebla que la cubría. En más de una ocasión, un susto me hacía mejorar repentinamente, ya que la adrenalina me hacía reaccionar en el momento, aunque después me lo cobraba al día siguiente. Lo ideal era el sexo, que me mejoraba por completo durante ese día, sin cobrármelo después.

Al fin me tocó el turno en el segundo inmunólogo. Descartó la artritis reumatoidea con la revisión clínica. Le conté que había leído que puede estar gestándose muchos años antes de manifestarse, y tomada tempranamente, podía revertirse. Le pregunté si podía hacerme un análisis que la detectara, y me dijo que sí. Ya estaba terminando diciembre cuando volví para ver el resultado de esos análisis. No sólo que dieron negativos, sino que además el factor reumatoideo había dejado de ser positivo. En ese momento me sorprendí y me alegré, pero con el tiempo se me despertó la duda sobre si el magnesio tuvo que ver con el cambio de ese factor, ya que empecé a tomarlo el 7/12.

En julio una amiga había empezado a trabajar promocionando un nuevo polivitamínico-poliminerales que acababa de salir a la venta, me ofreció unas muestras gratis, que acepté de mala gana, ante sus palabras “¿Qué perdés?”. Noté tiempo después, que las cosas dejaron de caerse de mis manos, y que al fin tenía fuerzas para levantarme a desayunar, sin necesitar que me llevaran el desayuno a la cama. Con el tiempo supuse que fue gracias a los 100 mg de óxido de Mg que contiene.

En agosto había ido a mi oculista, porque necesitaba cambiar mis lentes (por presbicia). Observó que tenía mis papilas excavadas (el lugar donde se inserta el nervio óptico en la retina), lo que podía ser un síntoma de glaucoma. Sin embargo mi presión ocular estaba normal, y a pesar de que me hizo hacer un estudio sobre el grosor de mi córnea (para aplicar un factor de corrección si esta era fina, y resultó serlo), mi presión ocular siguió  siendo normal. Me indicó dos estudios: uno para ver el estado de mi nervio óptico, y el otro para controlar el campo visual. Ambos estudios coincidieron en que tenía ambos nervios dañados, sobre todo el izquierdo, donde más había disminuido mi campo visual. Le costaba entender el por qué, y me dijo que debía repetir el estudio del campo visual a los seis meses, y el otro al año. Podía estar estancado, ocasionado por un daño en el pasado, en cuyo caso sólo habría que controlar. Pero si el daño había avanzado, habría que encontrar alguna manera de tratarlo.

En la primavera fui a una gastroenteróloga, por mis intestinos. Me indicó una radiografía que debía hacer en ayunas, previamente purgada. Me fue imposible hacerla  en el estado de debilidad en que me encontraba. Me recetó un desinflamatorio para el intestino, bastante caro que poco me sirvió. Lo importante fue el consejo de dejar de consumir verduras crudas. Yo me la pasaba comiendo ensalada, pensando que era lo más sano. Cuando dejé de hacerlo, al fin cesaron las náuseas cotidianas y la inflamación. Con el tiempo descubrí que el problema era sólo la lechuga, y volví a comer tomate y zanahoria. Sin embargo, a partir de entonces me decaí mucho más, posteriormente lo atribuí a que al abandonar la lechuga, eliminé mi única fuente de magnesio. En el presente la reemplazo en las ensaladas por brotes de soja hervidos.

Cuando empecé a venirme muy abajo a fines del 2005, coincidió con que abandoné el chocolate, para evitar descomponerme. Se juntó con que tuve una mala cosecha de almendras en el árbol de mi jardín, por lo cual ese año dejé de consumirlas. Justamente las principales fuentes de magnesio.

 

  1. MEJORÍA

 

En noviembre del 2006 ingresé a un foro español en Internet. Fue importantísimo, porque me abrió un panorama internacional de la situación de los pacientes de esta enfermedad. Me encontré con que nadie se curaba, con que los médicos daban una variedad impresionante de remedios de distintos tipos, que muchos pacientes estaban sobremedicados, sufriendo los efectos secundarios de los remedios que tomaban sin encontrar mejoría, sólo alivio, en el mejor de los casos.

Al principio sólo entraba para leer, pero al ver la carta de una mujer desperada contando que estaba harta, decidí entrar para contarles las cosas que me hacían sentir mejor. Además de las que ya nombré, había notado que cuando me agotaba mucho, si me acostaba, al rato me aliviaba. Por eso había empezado a acostarme en todos lados, incluso en el piso. Adonde llegaba, lo hacía. También me aliviaba al estar sentada, apoyar las piernas en otra silla. Necesitaba dormir con dos almohadas. Investigando sobre cada síntoma de la FM, busqué “intolerancia ortostática” y descubrí un artículo sobre disautonomía. Allí entendí que era eso lo que me ocurría y por qué. Las medidas posturales que aconsejaba incluían las que ya había descubierto con la práctica, y confirmé que, si no me hubiera acostado en el piso más de una vez, realmente me hubiera desmayado por la falta de irrigación cerebral, debido a que la sangre se amontonaba en mis piernas al estar erguida y quieta.

Subí al foro la mejor información que fui encontrando. Un día me escribió Eugenia, contándome que al igual que yo, es argentina, y me proponía escribirnos en privado para intercambiar experiencias.

Cuando empezamos a hacerlo, me contó que estaba muy contenta porque estaba mucho mejor de su fatiga, gracias a un producto farmacéutico recetado por su médico clínico, que acababa de salir al mercado y le estaban haciendo mucha publicidad. Yo había visto la propaganda por TV, y prestado un poco de atención, por las dudas, pero sin ningún entusiasmo de que me sirviera.

La imité, y el 7/12 empecé a tomarlo. Tenía carbonato de magnesio, ginseng y arginina. Se recomendaba para mejorar el rendimiento físico e intelectual. El 16/12 le escribí a Eugenia contándole que no me servía, y realmente lo hubiera dejado de tomar, si no hubiera sido porque ella me dijo que tuviera paciencia, porque tardaba en actuar, que a ella le había servido, pero demoraba un tiempo en notarse.

En Nochebuena pude por primera vez en el año salir de noche. Me quedé acostada en el sillón de la casa de mi suegra, pero logré ir. Le escribí a Eugenia para darle las gracias al día siguiente, porque eso para mí había sido un gran avance.

El día de fin de año, no podía quedarme quieta, necesitaba gastar energía... ¡yo! Así que me puse a hacer gimnasia en mi casa. No salí a caminar por el intenso calor. Durante la cena de fin de año, me moví todo el tiempo.

Los primeros días de enero estuve muy bien. Volví al médico clínico que fue el único que supo diagnosticarme FM, le conté sobre mi mejoría, y se alegró muchísimo. Le llevé las copias del trabajo sobre Tratamiento Ortomolecular, de Cristina Blanco, donde había anotado las dosis que tomaba de cada elemento nutritivo, comparándolas con las dosis que allí se aconsejaban. Le interesó muchísimo y decidió bajarlo de Internet. No le convenció que tomara triptófano, pero sí me recetó inyecciones de un complejo B que tiene también B1, ya que esta última se absorbe mal al tener problemas intestinales, y logra maravillas a nivel neurológico. Sólo me puse una, bastante dolorosa, y no seguí con el resto por lo bien que anduve después.

 Pero a mediados de mes, a medida que se acercó la fecha de mi menstruación, empecé a ponerme cada vez de peor humor. Estaba seria, callada y negativa. No era yo misma. Seguí así los seis días que duró mi menstruación, que fue una de las peores que he tenido. Me puse a averiguar en el Google los efectos adversos de cada componente, y descubrí que se debía al ginseng, que con el tiempo puede provocar irritación y nerviosisimo, además de malas menstruaciones. En cambio el magnesio resultó ser una maravilla, la clave de mi curación. Se lo habían indicado a mi amiga sólo para la fatiga, y a mí me eliminó los siguientes síntomas: rigidez matutina, pérdida de equilibrio al pararme firme, dolores musculares, migrañas, temblores de manos, intolerancia a los ruidos, debilidad y fatiga. No sé si la intolerancia al frío, porque estoy escribiendo esto recién comenzado el otoño. Sí continúan las parestesias, y la intolerancia ortostática, aunque mucho más leve. Dejé de necesitar dormir con dos almohadas, durmiendo ahora  mejor con una. Se duplicó la diferencia entre ambas presiones, por lo cual desapareció también la hipotensión. Continúo delicada para digerir, por lo cual me sigo cuidando.

A partir de entonces me la pasé investigando sobre el magnesio, me sorprendió su amplísimo espectro de acción a nivel salud. Pude viajar en auto a Bariloche, a 1340 km de Mendoza, donde vivo, gracias a mantener las piernas en alto, contra el parabrisas, la mayor cantidad de tiempo posible, para evitar cansarme debido a la intolerancia ortostática.

Allí sólo estuve tres días en cama, que coincidieron con que comí carne de vaca en una parrillada, aunque sin grasa. Desde entonces trato de evitarla.

Compré en ese lugar el libro del Dr Firshein “La Revolución de los Farmanutrientes”, de Editorial EDAF (año 2000), y empecé a leerlo con entusiasmo. Haber descubierto las maravillas del magnesio me había abierto un nuevo panorama, un nuevo mundo. Me “convertí” al naturismo.

Pienso... las ironías de la vida... durante muchos años mi abuela me retaba cuando caía en cama, diciéndome “Lo que pasa es que no te alimentás bien”, yo no le llevaba el apunte, y siempre se lo contaba a mi marido riendo. Finalmente le di la razón. Comprendí el valor de algo que me había contado cuando yo era chica, retándome por comer caramelos: cuando ella era niña, en Italia, a los chicos les daban como golosinas almendras, nueces, castañas y avellanas (ricas en magnesio y vitaminas).

Al volver a Mendoza en febrero, me sentí ansiosa, me extrañó porque ni siquiera estando mal me había sucedido. Razoné que al haber mejorado, seguir tomando Sertralina me estaba resultando perjudicial. Así que la abandoné, y me calmé.

Después me regalaron el libro “El Magnesio – Clave para la salud”, escrito por Ana María Lajusticia en 1977, también de la Editorial EDAF.

Leer este último libro me abrió mucho más el panorama. Esta señora, química de profesión, se había curado a los cincuenta años de una artrosis “inoperable” según los médicos que la vieron, gracias al magnesio. Desde entonces se dedicó a investigarlo. Descubrió que, a diferencia de lo que creen los médicos, NO basta con la dieta. Por un lado, la fuente principal son las semillas y no las hojas verdes, ya que la clorofila sólo contiene un 1 a un 5 % de Mg. Por otra parte, los métodos actuales de cultivo empobrecen los suelos de magnesio, al no usarse estiércol como abono, como en el pasado, sino abonos químicos carentes de magnesio, y encima ricos en calcio y potasio, que compiten con el magnesio haciendo que las plantas absorban menos el ya poco magnesio que queda en el suelo. Si a todo esto le sumamos que consumimos más  magnesio debido al stress de la vida moderna, todo cierra en un déficit general de ese nutriente en la población.

Antes de irme de viaje, dejé de tomar el producto que tenía magnesio-ginseng-arginina, y me cambié al óxido de magnesio (400 mg diarios) que compré en una dietética, muchísimo más barato. Después me enteré que el cloruro se absorbe mejor, y empecé a tomarlo, pero me dio acidez, por lo que volví al óxido de magnesio. En el libro del Dr Firshein leí que el aspartato es el que mejor se absorbe, pero no lo conseguí. Sin embargo, después descubrí a otro que también aconseja por su buena absorción, el citrato de Mg, pero no intenté tomarlo porque es mucho más caro que el óxido, que me está haciendo cada vez mejor. Total, lo mastico en ayunas, por lo que reacciona con el ácido clorhídrico de  mi estómago convirtiéndose en cloruro, que se absorbe bien. Además se usa como antiácido. Si a eso le sumamos que desayuno té con limón, mejor. Después tomo un vaso de leche de soja con jugo de naranja (por sus proteínas) con el polivitamínico-poliminerales y el complejo B, que se suma a las vitaminas B que trae el primero. Eso totaliza la dosis de B6 que se aconseja en el Tratamiento Ortomolecular, que permite que el Mg penetre a las células. También las vitaminas C y E ayudan al Mg a actuar.

La dosis recomendada de magnesio en el Tratamiento Ortomolecular es 500 mg (para  evitar el riesgo de colitis). Tomo en total esa cifra, si sumamos a esa pastilla el polivitamínico-poliminerales.

Por las dudas cuento aquí que también estuve tomando este verano vitamina A (50.000 UI) durante diez días al mes, recetada por un especialista en mama para un quiste. No sé si habrá ayudado.

Es fundamental también lo siguiente: como se me descubrió osteopenia (paso previo a la osteoporosis) en el cuello de fémur y en una vértebra, estoy tomando suplementos de calcio más vitamina D desde el 2003. Tal vez la vitamina D haya ayudado a que absorba más magnesio. Pero sospecho que el calcio fue el que me precipitó el agravamiento del  cuadro. El magnesio permite eliminar el exceso de calcio de nuestro cuerpo. Ese exceso favorece la artrosis, la arterioesclerosis (al formar una capa junto al colesterol y los ácidos grasos que recubre las arterias por dentro), los cálculos renales y biliares, y la rigidez (debido a que se calcifican nuestros tejidos blandos al penetrar el calcio en las células por deficiencia de magnesio), esto último a la vez nos vuelve torpes para movernos, cansándonos más de lo normal y resultamos doloridos (porque por falta de magnesio en nuestros músculos, ante pequeños esfuerzos segregamos ácido láctico, que los irrita y produce dolor, como cuando hacemos gimnasia en mal estado físico).

Advierte el Dr Firshein en su libro que NO debe darse calcio sin magnesio para los huesos, porque no sólo que no mejoran, sino que se empeora el cuadro general... tal cual me pasó a mí.

En febrero volví a hacerme el estudio del campo visual, y había mejorado hasta volver a la normalidad. Quien me lo hizo estaba asombrado, porque nunca mejora sin tratamiento. Le conté lo del magnesio, y que había leído en Internet sobre que se discute si sirve o no. Le propuse que igual lo receten, sin esperar a una “demostración científica”, ya que en el peor de los casos no les servirá para los ojos, pero sí para tantísimos otros aspectos de su salud.

 

  1. ¿CUÁNDO Y POR QUÉ LA MEDICINA DEJÓ DE LADO A LOS NUTRIENTES?

 

Leyendo sobre la historia de esta ciencia, me entusiasmé hace años con un famoso médico del Renacimiento, que había adoptado el sobrenombre de Paracelso. Se atrevió a rechazar gran parte de las ideas acerca de la salud aceptadas hasta ese momento, proponiendo que la enfermedad se debía a pequeños parásitos que invadían nuestro cuerpo. En esa época los alquimistas buscaban convertir los metales en oro y descubrir el elixir de la eterna juventud. Paracelso dijo que debían dedicarse a preparar sustancias que nos ayudaran a luchar contra esos parásitos, para mejorarnos. Trescientos cincuenta años después se inventó el microscopio, y se descubrieron los microbios.

Este médico fue rechazado en muchos lados y terminó su vida en la pobreza. Sin embargo sus discípulos publicaron posteriormente sus escritos, que así se divulgaron y finalmente sus ideas se aceptaron.

Desde entonces, el entusiasmo se volcó a los laboratorios químicos. Los remedios se volvieron los principales aliados de los médicos para luchar contra la enfermedad.

Pero durante millones de años, en todas las culturas del planeta, se recurrió al poder curativo de las plantas. La experiencia acumulada de tantísimas generaciones permitió hacer crecer ese gigantesco patrimonio cultural. Durante el Renacimiento, quedó en manos de mujeres que, al estarles prohibido acceder a una facultad de Medicina y por lo tanto ejercerla, siguieron aplicando los antiquísimos recursos naturales en forma artesanal.

Los médicos en cambio, universitarios, se volcaron al método científico que acababa de surgir. La Medicina desde entonces tuvo dos caminos paralelos. Muchas curanderas fueron quemadas por brujas, el naturalismo pasó a la clandestinidad en Occidente.

Afortunadamente, la Medicina científica está redescubriendo esa sabiduría milenaria, y aplicando el método científico con rigor, la está incorporando a sus propios conocimientos. Al integrarse ambas, muy probablemente ocurra el mismo avance gigantesco que se produjo en el Renacimiento cuando se aliaron por primera vez ciencia y tecnología (que hasta entonces habían tenido caminos separados). Ese hecho favoreció a la Revolución Científica. Estamos en los albores de una revolución en la salud.

 

  1. REFLEXIÓN 

Copiaré a continuación una carta que subí al otro foro en respuesta a una amiga que estaba sufriendo una crisis. Creo que son palabras valiosas para levantar la autoestima de cualquier enfermo, y para que quienes lo conocen lo valoren y respeten más. Con esto cerraré mi testimonio, y desde ya me despido, muchísima suerte a quienes lo intenten, Gabriela

Cuando estaba mal, sufrí como vos la incomprensión, y temí realmente el aislamiento social... No hay cosa más terrible que, encima que estás haciendo un esfuerzo sobrehumano para hacer lo que a otros les cuesta tan poco... ¡encima te traten como si te faltara voluntad! Es la MISMA cosa que si a una persona en silla de ruedas le dijeran "¡Vamos, levantate, hacé un esfuerzo!" Sólo lograrían humillarla y herirla... así lo viví...

Ahora, sin haberlo imaginado, me pasé del extremo del aislamiento social a volverme "popular" en el medio social en el que me muevo, por mi asombrosa mejoría, que ha llamado muchísimo la atención, y además por la campaña "magnesizadora" que he emprendido.

Ahora, casi de golpe, después de haber sido criticada "por floja" o "mañosa", después de haber paseado por consultorios de distintas especialidades, para que me atendieran, me encuentro en la situación que soy yo la que brindo información, la que da consejos, la que se mueve como nunca, y como decimos aquí estoy "llena de pilas”.     

Estoy despertando admiración en varios, lo he notado. Y pienso... las ironías de la vida... ya que justamente ahora es cuando las cosas me resultan TAN fáciles... Mientras estuve enferma, hasta colgar la ropa lavada cada día era una proeza.... los peores días el sólo hecho de sobrevivir lo era... en esa época, justamente de tantísimo esfuerzo y mérito, fui ignorada, criticada, y cuántas cosas negativas más... La gente en general NO está educada para valorar el esfuerzo de los enfermos. NO valora en su justa medida el privilegio de estar sano, el hecho de PODER hacer... Les levantan monumentos en las plazas a gente que rebosó de energía a lo largo de su vida y pudo hacer "grandes" cosas. Pero ese sector de la población, que lucha día a día para sobrevivir en su encierro, alejado de la vista de los demás... es como si no existiera para el resto...

Constantemente se preocupa la población por los "pobres" a nivel económico... En la época que estuve enferma, más de una vez hubiera querido estar en el lugar de tantos de ellos, que podían andar por la calle libremente, aunque mal vestidos, pero podían moverse. Cuando lo único que podía hacer era a duras penas mirar TV, y veía en los noticieros líos callejeros en manifestaciones, etc, me sorprendía ver la cantidad de energía de la gente involucrada... mientras yo soñaba salir a pasear en una camilla de hospital, ya que ni siquiera una silla de ruedas me servía por no aguantar siquiera estar sentada....

Y crecí interiormente, crecí muchísimo en esa época... ¿sabés qué fue lo que más me fortaleció? Cobré una seguridad en mí misma que jamás antes había tenido. Me había pasado toda mi vida comparándome a los que sabían más que yo, y tenían más logros, sintiendome poco y acomplejándome. Y sin embargo, en mi peor época de postración, aprendí a apoyarme en mí misma, a independizarme de los demás interiormente. Aprendí a alimentar mi mundo interior, sintiéndome muy orgullosa de mis pequeñísimos logros. Mi escala de valores se modificó un montón, y aprendí a quererme a mí misma como nunca.

No soñaba ni remotamente mejorarme, me conformaba con pequeños logros, e ingresé a este foro en esa época con intención de ayudar al resto contándoles esos pequeños y simples "trucos" que había aprendido para poder llevar la situación lo mejor posible. Cuando daba clases en malas condiciones (aunque no tantas como para que me impidieran asistir), me acostaba en los bancos del pasillo de la facultad en el recreo. Pero estaba feliz por el sólo hecho de poder haber ido a dar la clase, aún cuando tuve que ir acostada en la parte posterior de un taxi.

El día de mi cumpleaños (en julio), me la pasé todo el día sola en cama con una crisis terrible, las llamadas que recibía para felicitarme eran lo único lindo de ese día. Pero a todos les contaba que, a pesar de estar TAN mal físicamente, me sentía feliz porque ¡al fin! había logrado ir a hacer las entrevistas necesarias para poder terminar el trabajo final de mi carrera de postgrado, y ese esfuerzo precisamente, la tarde anterior, me habían precipitado la crisis. Había pasado tanto tiempo para haber logrado ir, que me atrasé en la entrega, y no logré entrar en la colación de grados del año pasado. Me consolé pensando que de todos modos, me hubiera sido imposible acudir a un acto tan largo, de noche.

Mi vida se había convertido en una sucesión de verdaderas "proezas" para mí... ¿cómo no enorgullecerme de mis gigantescos logros, que jamás hubiera valorado estando sana?

Lo importante es adaptar la mentalidad a lo que a una le toca vivir. Esa es la clave de vivir lo mejor posible... Ese es TU reto en este momento. No sabés si la mejoría llegará, ojalá te sirva lo que me sirvió a mí, pero aún no lo sabemos. Lo importante es que la estás peleando, sin darte por vencida... ¡eso es lo que vale!

Por eso, durante esta etapa de enfermedad, podés llegar a crecer mucho interiormente. NO debe ser un tiempo desperdiciado. Tu experiencia de vida es distinta y más fuerte que la de la gente sana. Tenés una oportunidad especial que ellos NO tienen. Lo más importante es mantener intacta tu salud mental, eso es imprescindible, es a lo que más debés estar atenta. Cuidate mucho en ese aspecto, con cariño, Gabriela